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miércoles, 9 de septiembre de 2015

Un asesinato y dos personas torturadas, sin investigar

Así se desprende del testimonio de tres testigos víctimas, que en la audiencia de este martes dieron cuenta del accionar de Gustavo Demarchi como fiscal federal. “CNU constituye una especie de pelotón avanzado del terrorismo de Estado”, sintetizó uno de ellos.

Susana Salerno cruzó de casualidad a su novio Daniel Gasparri el 24 de abril de 1975 en horas de la tarde. No atinó siquiera a tocarle bocina porque debía llegar a la Facultad antes de que cierre división alumnos para inscribirse en un final de la carrera de contadora. Esa noche, contó, se fue al cine con una amiga y luego a tomar algo a una confitería situada en la esquina de Hipólito Yrigoyen y San Martín, en pleno centro marplatense. Allí le dijeron que acababa de irse Gasparri, junto a su amigo y colega Jorge Stoppani. Salió para ver si los alcanzaba, pero el auto acababa de emprender su marcha. No volvió a verlo.

Al otro día -siempre de acuerdo a su relato- esperó en vano que pasara a buscarla por el trabajo, y la preocupación de su madre, porque Daniel no había ido a almorzar, comenzaron a inquietarla. Un llamado de la Subcomisaría Peralta Ramos dio cuenta de la aparición del auto, quemado por completo en la parte trasera. Fueron de inmediato para allá y reconoció, sobre el escritorio del jefe policial, un anillo de rosario vasco, de Stoppani. Ahí le informaron que el dueño de ese anillo apareció acribillado a unos seis metros del Peugeot 504, con un cadáver calcinado en su interior. El velatorio de Gasparri fue a cajón cerrado. “Era muy difícil imaginarse que Daniel estaba ahí”, rememoró Salerno.
El doble homicidio de Gasparri y Stoppani quedó impune y sin investigar. “Nunca nos llamaron de la Justicia”, sostuvo Salerno. El fiscal, entonces, era el imputado Gustavo Modesto Demarchi.
Salerno temía por la seguridad de Daniel. El día que murió Ernesto Piantoni, jefe de la CNU, ella recibió un llamado en el que le decían que había llegado vivo a la clínica, y que le había dicho a Demarchi que le habían disparado desde un auto “como el del Negro Gasparri”.
Preocupada por Daniel, acudió al velatorio de Piantoni y sobre la calle, contó que vio cinco o seis autos con armas largas saliendo de las ventanillas. Fue a buscarlo a Demarchi para ver si le decía algo, ya que lo conocía de la Escuela Nacional y el Club Náutico. “¿Viste lo que nos hicieron?”, le dijo él. Cuando le preguntó cómo seguía todo, Demarchi se fue para Sampietro, mientras los autos salían. El ruido de las puertas al cerrar aún lo tiene grabado en la memoria.
Horas después eran asesinados Pacho Elizagaray, su tío Jorge Videla y sus primos Guillermo Enrique y Jorge Lisandro, y el médico cirujano Bernardo Goldemberg, en lo que se conoció como la noche del “5 x 1”. Sus cuerpos aparecieron con decenas de balazos. “Esa noche fue una carnicería”, dijo. Y sobre la vinculación con lo visto en el velatorio, mencionó: “No me cabe la menor duda de la relación; era una patota que iba a hacer algo con todas esas armas”.
Salerno relató que se acercó a miembros de la CNU para averiguar algo que le permita conocer qué pasó con Gasparri. Fue, incluso, al velatorio del miembro de CNU Carlos Flipper González, quien fue asesinado en San Juan en noviembre de 1975 cuando acudió –junto a Fernando Otero- a asesinar al diputado Ramón Rojas. “Tenían tarjetas del fiscal Demarchi, y las exhibían como ‘pase libre’, porque de acá se fueron armados”, rememoró. Allí la vio a la viuda, Mirta Masid, hermana de Marta, compañera suya de la escuela.
A Mirta la reencontró 32 años después, ante la necesidad de contar muchas cosas que sabía y siempre había callado. Le dijo que González había matado a Daniel, y que incluso le llevó su reloj, aún sabiendo de la amistad entre Masid y Gasparri.
En aquel primer encuentro, Mirta le dijo que antes de ser asesinato, Gasparri expresó: “Si tengo que morir por lo que creo, voy a morir”. “Se comportó como un valiente, bah, como era Daniel”, acotó Salerno.
Incluso Masid le dijo que había reconocido a su marido en el identikit que se publicó en los diarios por el secuestro y asesinato de María del Carmen Maggi, otra de las víctimas de CNU. Incluso, mencionó que había sido Mario Durquet quien le había disparado a la entonces secretaria general de la Universidad Católica.

EL ASESINATO DE SILVIA FILLER

Carlos Cervera y Luis Rafaldi estudiaron arquitectura a principios de la década del 70. Era época de movilizaciones estudiantiles y reclamos por “una Universidad al servicio del pueblo”. Querían, entre otras cosas, horarios nocturnos para quienes trabajaban y una enseñanza más horizontal, con más diálogo. En ese momento, se había creado un centro de estudiantes paralelo de quienes no comulgaban con sus ideas y un profesor seguía dando clases para un puñado de alumnos. Dijeron que no eran más del 10% de la totalidad del estudiantado.
El lunes 6 de diciembre de 1971 a las 18 se convocó a una asamblea para debatir sobre la expulsión de dos estudiantes, que habían interrumpido una clase lanzando una pastilla gamaexane. El aula magna de la Facultad de Arquitectura, que funcionaba donde hoy se emplaza el Rectorado, estaba abarrotada de estudiantes. Un profesor le dijo a Carlos que afuera estaba lleno de policías. Lo entendieron solo como un peligro de desalojo.
Con el inicio de la asamblea hubo algunas discusiones y empujones. Algunos se retiraron y se creyó que se retomaría la nómina de oradores y el normal desarrollo de la asamblea. Pero no. Sonó un estruendo y enseguida irrumpieron personas con cadenas y palos. Se escucharon tiros. Hubo dos heridos de bala, y Silvia Filler fue llevada de urgencia a la clínica: tenía un tiro en la cabeza y no sobrevivió. Por la ubicación donde estaba ella, y el lugar donde recibió el impacto, dijo Cervera, “no fueron tiros de amedrentamiento sino de clara agresión”.
“Estaba claro que era la CNU la que había participado y producido los hechos”, dijo Cervera. Rafaldi, a su turno, asintió.
Para Cervera hubo un hilo conductor entre aquel episodio que le costó la vida a Filler, y la escalada de violencia que se vivió desde el verano de 1974. La primavera democrática, se dijo, fue breve.
Los dos testigos también fueron cesanteados en mayo de 1975, cuando la gestión de la Universidad estaba en manos del rector Josué Catuogno, y se desempeñaban como secretario general Eduardo Cincotta y como secretario académico, Gustavo Demarchi. A estos dos últimos los identificaron como miembros de CNU.
Eran los dos ayudantes alumnos y la cesantía alcanzó a decenas de personas “que no eran parte de su proyecto” y estaban “identificados con el peronismo revolucionario”. “La opresión que se sentía en la Universidad era terrible”, señaló Rafaldi, quien recordó que muchos de esa nómina hoy están desaparecidos.

IMPUTACIONES BAJO TORTURA

Ambos fueron detenidos en 1975 y Demarchi fue el fiscal de sus causas. A Cervera lo detuvieron el 26 de julio, fue torturado en la comisaría primera y luego, llevado a la cuarta. Allí dijo que firmó una declaración bajo tortura. Al llegar un juez federal al lugar, con la intención de tomarle declaración, reconstruyó el relato policial y le dijo que rubricara el acta. Si bien los signos de la tortura no estaban a la vista, tenía un ojo negro y un diente menos, pero no se tomó nota al respecto.
Estaba acusado de conformar una asociación ilícita –de acuerdo a la ley 20.840- y uso indebido de automotor ajeno. Por ello, el entonces fiscal federal Demarchi le pidió 16 años de prisión, en base a una declaración brindada bajo tortura. El juez lo condenó a ocho y la Cámara de Apelaciones, ya en época de dictadura militar, bajó la sentencia a 6. “La relación con la Justicia era relativa, no hacía nada para velar por nosotros”, señaló el testigo. Y dijo más: “En el mismo lugar donde me estaban torturando se hizo presente la Justicia Federal, en la persona de Teodori (que luego se enteró que era su defensora)”.
Rafaldi fue detenido el 25 de agosto cuando repartía volantes, junto a una compañera, por un nuevo aniversario de la Masacre de Trelew, a unos 50 metros del edificio de Diagonal Alberdi y San Luis, donde entonces funcionaba la Facultad de Arquitectura y el Rectorado. Los interceptó una persona armada y luego se sumó otra que salió de esa esquina. Lo llevaron de manera violenta hasta el subsuelo del lugar, donde fue golpeado. En un auto particular lo trasladaron primero  hasta la sede de la Policía Federal y sobre la medianoche, a la comisaría primera. Al día siguiente comenzó a ser torturado con picana eléctrica: lo colocaban sobre un elástico metálico, atado y con los ojos vendados, con trapos sobre el corazón y sus genitales, siempre según su relato. La corriente se alternaba con patadas y puñetazos en el estómago.
“Me hicieron firmar primero una declaración hecha con lo que me pudieron arrancar con la tortura”, mencionó el testigo. Cuando el juez González Echeverri se presentó en el lugar, le dijo que había sido torturado y la respuesta del magistrado fue que se “olvidara de eso”. El deseo por recuperar su libertad hizo que no insistiera al respecto. Y este martes, 40 años después, por pedido del Ministerio Público Fiscal, se ordenó formar una investigación al respecto.
A pesar de que la Justicia había firmado el sobreseimiento de su causa, el entonces fiscal Demarchi apeló la decisión, aún cuando siquiera lo había entrevistado.
Sobre el cierre de la jornada, Rafaldi sintetizó el accionar de la Concentración Nacional Universitaria: “En Mar del Plata, CNU constituye una especie de pelotón avanzado del terrorismo de Estado”, sostuvo.

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