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viernes, 13 de noviembre de 2015

Mar del Plata: inspecciones oculares en Base Naval y ESIM

El fiscal Pablo Larriera y la fiscal ad hoc Eugenia Montero participaron de la recorrida por las distintas dependencias de la Armada. Uno de los sobrevivientes que participó de la inspección reconoció los calabozos donde estuvo alojado.

En el marco de dos inspecciones oculares previstas en el juicio Base Naval 3 y 4, donde se juzga el accionar de la Fuerza de Tareas N°6, los fiscales Pablo Larriera y Eugenia Montero recorrieron dos predios de la Armada y visualizaron los espacios de detención clandestina, junto a los jueces Mario Portela y Néstor Parra, querellas y defensas. Además, estuvieron presentes tres sobrevivientes de los centros clandestinos de detención y torturas, que volvían al lugar por primera vez después de salir encapuchados y atados cuando fueron liberados.

Antes de la recorrida, Edgardo Gabbin, Osvaldo Durán y Pablo Mancini recordaron “la chichara que sonaba cada vez que entraba alguien”, la música en la planta baja de una de las dependencias, el pino que uno de ellos podía ver desde una rotura del baño. No les fue fácil distinguir los lugares por el tiempo transcurrido y las modificaciones edilicias realizadas, pero las conversaciones fueron dilucidando los espacios donde estuvieron.

En primer lugar, dentro de Base Naval, se ingresó al edificio de la Agrupación de Buzos Tácticos, el más cercano al mar. “Esta es la playa que escuchábamos”, cuanta Gabbin, señalando las olas que rompían en la orilla que daba al lugar donde estuvieron en cautiverio.

El espacio interior está cambiado. Entre los tres sobrevivientes van reconstruyendo espacios, suben las escaleras, los atormentan los recuerdos, reconocen salas de torturas y los espacios donde permanecían encapuchados y atados. “Los tabiques no estaban”, coinciden dentro de una sala dividida donde actualmente funcionan los baños y vestuarios. “Acá me tenían a mí”, señala Durán, sobre la mitad de una de las paredes.

Al salir, reconocen el espacio donde hubo algunos detenidos, estiman, en julio de 1976: estaban sobre la playa.

Luego, la comitiva si dirigió hasta la Escuela de Submarinos y Buceo. Montero recordó el pasaje de la última declaración de Gabbin, en el marco del juicio que se está desarrollando, donde relató que creyó haber visto gente caminando en el agua, como con peso en los pies, pero que no sabía si se trataba de un sueño. Delante de las partes, le mostraron dos aparatos gigantes, pero no los reconoció. A pocos metros del primero que le exhibieron por fin encontró una suerte de pileta de entrenamiento de buzos y la sorpresa lo invadió a él mismo: “No era un delirio”, dijo.

Gabbin pudo reconocer también la casita donde lo bajaron al llegar detenido. Dijo incluso que la puerta estaba sobre una de las paredes que sólo exhibían ventanas, pero las marcas de una ex abertura de ingreso estaba a la vista. Desde allí, donde actualmente funciona la “Central de Operaciones”, vio cómo bajaban a una joven hacia otra dependencia.

El último espacio recorrido fue el edificio de Servicios Generales. Cuando la comitiva fue hasta el fondo del salón, Gabbin se quedó inmóvil en el medio. Recordaba una puerta, una ventana, un movimiento. Fue hacia la derecha y abrió una puertita. Allí donde hoy se almacenan gaseosas y cervezas, estaban los tres calabozos que él mismo había relatado durante el juicio. Los tabiques seguían allí, la dimensión es diminuta. Gabbin pasó allí, en el compartimento del medio, dos meses encerrado hasta que lo llevaron a Buenos Aires. “Esto fue lo peor que nos pasó”, mencionó.

Antes de salir, intercambiando sensaciones e intentando poner algo de humor a tanto dolor, Gabbin, Durán y Mancini se sacaron una foto. “No nos van a vencer”, se escuchó.


Sembrar memoria sobre el dolor

Ana Pecoraro da la bienvenida. Ella es coordinadora del Sitio de la Memoria Faro, que funciona en el predio que perteneció a la Escuela de Suboficiales de Infantería de Marina (Esim). Allí funcionó un centro clandestino de detención durante la última dictadura. Ana es hija de Enrique “Quique” Pecoraro, secuestrado y asesinado en 1979, por su militancia en la Juventud Universitaria Peronista, a quien se lo recuerda como un intelectual lúcido y un hombre valiente y audaz, querido por todos. Ayer, casualmente, se cumplían 36 años de su muerte.

Ana abre la casa situada cerca de la entrada, sobre la derecha. “Espacio para la memoria y la promoción de los derechos humanos”, indica un letrero. Dentro, Mancini es quien brinda a jueces, fiscales, querellas y defensas los detalles del lugar. Él estuvo allí un poco más de dos meses, trasladado desde la Base Naval, y luego llevado de regreso, hasta recuperar su libertad la Nochebuena de 1976. Las dos dependencias, además de Prefectura Naval, formaban parte del circuito criminal que fue operado bajo la órbita de la Armada.

Dentro del inmueble Mancini dio detalles a los periodistas presentes de su paso por ahí. En la habitación de la derecha –dijo- la música sonaba a todo volumen, todo el tiempo. Eran diez los detenidos, a quienes disponían –atados de manos y pies, con vendas y capuchas- sentados en dos filas de cinco, espalda con espalda.

Algunos domingos, mencionó a la prensa, escuchaban voces y risas de niños que disfrutaban de la playa. El 17 de octubre de 1976 fueron a avisarles que se trataba del día de la lealtad, ya que todos los detenidos en ese momento eran peronistas. “Sus madres deben estar acordándose de ustedes”, les dijeron. Luego, Mancini supo que era el día de la madre.

De recorrida por el predio, se fue hasta el sector donde estarían los “polvorines”: una suerte de cubículos bajo tierra donde había detenidos.

El trabajo en el lugar, para recuperar para la memoria un lugar donde hubo tanto horror, lleva más de dos años. A pulmón, y de manera mancomunada con organizaciones sociales, organismos de derechos humanos –que primero debieron pelear para que deje de funcionar allí un parque de diversión para niños-, se dieron los primeros pasos. Pecoraro dijo que la Universidad Nacional de Mar del Plata es un pilar en la labor diaria en el lugar, y que actualmente también el Municipio y la Provincia actúan en conjunto.

La idea, dijo, es “trabajar la memoria vinculando pasado y presente”, con visitas guiadas para escuelas, con organismos estatales atendiendo en un lugar que supo estar signado por la muerte. Señaló también que las respuestas de quienes visitan el predio son por demás positivas y alentadoras. Ana recordó el paso de un hombre de Tucumán, quien fue hasta allá apenas se bajó del micro. “Nos dijo que quería exorcizar sus fantasmas, por lo que había visto allí en 1979/1980 cuando estudió con 16 años. Nos dijo que no quería declarar, pero quizás otros se animen, quizás haya sobrevivientes de este lugar que quieran ayudarnos a reconstruir esta parte de la historia”, mencionó.

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