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jueves, 10 de marzo de 2016

Leventi: "Me van a llevar muerto, soy peronista!”

El testigo Ricardo Leventi relató en el juicio un episodio que casi le cuesta la vida. Identificó a integrantes de CNU, habló sobre su rol en la Universidad y dijo que vio cómo salían armados del velatorio de Piantoni, momentos antes de los cinco asesinatos.

Los agresores le exigían que se rinda. Él, de gran porte y un hombre del deporte, arrastraba a los hombres que le pegaban culetazos con sus armas. “¡Me van a llevar muerto, soy peronista!”, retrucaba a los gritos. Logró zafarse y salió corriendo. Entonces sonaron los tiros: dos disparos le rozaron la parte superior de la cabeza y un tercero, la oreja. Creyeron que estaba muerto. “Déjalo, déjalo, este no va más”, dijeron los atacantes y se subieron a su Ford Falcon azul con detalles en blanco.

El episodio sucedió en Alberti entre San Luis y Córdoba, Mar del Plata, el 15 de marzo de 1976 y tuvo como protagonista a Ricardo Leventi, quien días atrás declaró –por videoconferencia- en el juicio que tiene sentados en el banquillo de los acusados por asociación ilícita y ocho homicidios cometidos en la antesala del golpe cívico-militar a diez civiles y un militar retirado.

Aquella tarde, iba con su compañero Guillermo Nisenbaum a entrenar vóley y fueron cruzados por el Falcon con cuatro personas armadas a bordo. Leventi salía recién del Comercial, el colegio situado en Alberti y Mitre donde trabajaba. Hacia allí, decidió volver, todo ensangrentado.

Él pensaba que lo único que podía salvarlo era mostrarse en los medios. Se reunió con los directivos de la escuela y al salir lo esperaban las cámaras del diario. “Soy yo, Ricardo Leventi, el Cordobés, estoy vivo”, anunció y de inmediato un patrullero lo llevó hasta el viejo Hospital Mar del Plata, donde le pararon la hemorragia.

Previo paso por la Brigada, le dijeron que su caso correspondía a la comisaría segunda. Sintió alivio: su suegro tenía buen vínculo con el comisario “porque era peronista”. En aquella dependencia policial le tomaron declaración y dijo entonces reconocer a uno de sus cuatro agresores.

Pero la cuestión quedó trunca. El comisario hizo salir a las dos personas que estaban en aquella sala y le dijo: “Cordobés te largo ya. Tu suegro está esperándote, y te va a subir a un colectivo. Te vas ya porque sos boleta”.

Ante ello, se preguntó “quién mandaba a la policía en ese momento”. Y fue tajante en su declaración: “Ahí se terminó mi vida de Mar del Plata, el voley, Ciencias Económicas, mi pareja”.

Leventi regresó al colegio Comercial cuando cumplió 20 años de egresado. Se encontró con Lucio Martínez, quien era el rector cuando sufrió aquel episodio. Lo saludó y lo corrió a un lado para hacerle la pregunta que nunca había podido hacer.

- ¿Quién me mandó a matar?

- Yo pasaron muchos años… el CNU, Ricardo –le respondió.

De su paso por la Universidad, donde estudiaba Ciencias Económicas, relató que el cambio de gestión de Julio Aurelio, cuando la izquierda peronista asumió algunos puestos, a la asunción de Josué Catuogno como interventor, implicó la presencia de “grupos muchas veces armados y situaciones de violencia”.

“Cuando asume Catuogno el ingreso a la Universidad era controlado por CNU. Les conocíamos la cara, todo el mundo los conocía”, señaló. Enseguida, relató que sobre izquierda de la entrada principal de la escuela de Maipú y Marconi –donde funcionaban algunas unidades académicas- había un pequeño cuarto donde “palpaban de armas a cientos de personas, apretaban, ridiculizaban”. “Había un control absoluto de las personas que entraban en la Universidad. Con esta gente no se podía conversar, había que hacer lo que ellos decían”, apuntó.

Más adelante, contó un episodio de violencia que le tocó vivir una tarde de fines de 1974 cuando estaba entrenando en el gimnasio de ese edificio. “Había grupos parapoliciales que estaban junto con la policía arrojando gases lacrimógenos y desalojando la universidad. Estaban con los carteles del CNU”, dijo y aseguró: “El objetivo era limpiar de gente que no pensara como ellos”.

Mientras estudiaba Leventi se ganaba unos pesos cuidando el estacionamiento de su amigo Nisenbaum, ubicado en la esquina de la sala Sampietro, donde se veló al líder de la CNU, Ernesto Piantoni. La noche del 20 de marzo contó que vio “que estos señores salían haciendo ostentación de armas de Sampietro”.

“Estaban Corres y Gómez, también estaba Demarchi pero no lo vi haciendo ostentación de armas”, precisó y fue más allá en el rol del entonces fiscal federal: “Fue el elemento pensante, fue el pensador, una elite que mantuvo la ideología de ese tipo de violencia barata”.

“La CNU mandaba en Mar del Plata. Demarchi era fiscal de la Nación. Si yo me quedaba en Mar del Plata era hombre muerto”, reconoció más adelante.

Al irse de la ciudad, estuvo tres años escondido en una fábrica. El 15 de marzo de 1979 lo fueron a buscar: una patota preguntó por el Cordobés, y esa señal lo llevó a contactar a las Madres y a Naciones Unidas, para planificar su ida del país. Se fue rumbo a Suecia a reamar su vida.



"Demarchi era el que firmaba"



Carlos Sartorio fue uno de los tres empleados que Gustavo Demarchi tuvo en la fiscalía federal. Era el único con experiencia. Los otros dos eran Eduardo Salvador Ullúa, quien ya había sido procesado por el crimen de Silvia Filler en 1971, y Roberto Justel, imputado en la causa CNU en juicio.

El trato con Ullúa y Justel era distinto que con él: se podían tutear, tal vez porque se conocían de antes, como el mismo testigo dejó en claro en la audiencia, aunque nunca supo de dónde.

“Demarchi era el que firmaba, así que todo lo que hacíamos pasaba por él, hacía las correcciones que hacían falta o avalaba”, sostuvo Sartorio.

Dijo, también, que el fiscal proponía medidas y el juez las resolvía. Ante las preguntas del Ministerio Público Fiscal, mencionó que el fiscal podía pedir escuchar testigos, acumular causas en delitos conexos, solicitar pericias de armas, y demás prueba pericial.

El testigo sostuvo que en 1975 “se fue incrementando la presentación de habeas corpus”; y que tras el Golpe, “se siguió trabajando exactamente igual”. “No se sintió una gran diferencia”, apuntó.

A su vez, Sartorio explicó que no intervino en las causas que se investigan en juicio. “No recuerdo que pasaron ante mi, si es un hecho grave tiene que pasar por el fiscal”, dijo. Antes había mencionado que él hacía los dictámenes “en los expedientes de homicidios comunes”.

Y sostuvo además que en claro que “si no estaba de acuerdo con lo resuelto por el juez ponía: me notifico y apelo”.



De un volante de CNU a la Base Naval



Pablo Mancini fue testigo del asesinato de Silvia Filler, la joven estudiante de arquitectura que recibió un tiro en medio de una asamblea en diciembre de 1971, hecho por el cual fueron condenados integrantes de la CNU.

Días atrás, en el juicio, mencionó que estuvo nombrado por la CNU en una carta abierta publicada en Rosario en 1972. Incluía nombres, direcciones y edades, además –dijo Mancini- “falsedad de los hechos tergiversados”. Años después, en septiembre de 1976, Mancini fue detenido y llevado primero a la Base Naval y luego al ESIM, lugares que funcionaron durante la dictadura como centros clandestinos de detención.

Consultado por la posible relación entre el volante y la detención, expresó: “Fueron situaciones que se fueron concatenando… Los datos de ese volante eran datos que estaban en la causa”.



Otros dos testimonios



También, prestó declaración Manuel Torres Cano, quien era entonces docente de la Facultad de Arquitectura. Relató que en marzo de 1975, ante diversos “episodios de hostigamientos a docentes”, dados a partir del cambio de las autoridades de la Universidad, se hizo una asamblea de profesores: muchos resolvieron renunciar, incluido Torres Cano, pero en su caso no se la aceptaron y la convirtieron en cesantía. “La llegada de Josué Catuogno estaba vinculada a la llegada de la CNU y la derecha a la Universidad”, sostuvo.

Por su parte, Marcelo Garrote López, contó que su hermana era compañera de colegio de Guillermo Videla, el adolescente de 16 años que fue asesinado a balazos cuando lo fueron a buscar a su primo Enrique Elizagaray, quien dormía esa noche en su casa. Esa madrugada, tras la muerte de Piantoni, a Pacho lo mataron a balazos en el techo de la vivienda del barrio La Perla, y a Guillermo lo llevaron con su hermano y su papá hasta la entrada del Grosellar. Sus cuerpos aparecieron con decenas de impactos de bala. “Se dijo en ese momento que había sido la Triple A”, mencionó. Y sostuvo que por la metodología usada en los cinco crímenes y quiénes fueron las personas asesinadas, “está claro que contó con apoyo local” para identificarlos y conocer las direcciones.

Sobre el final de su testimonio, Garrote López refirió que estuvo secuestrado en 1976. “El día que me liberaron uno de mis captores me dice: ‘la próxima vez que quieras militar, militá en el CNU’”, contó.

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